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¿Dónde está tu culpa?

Hombre pensante

Como cualquier otro sentimiento humano, la culpa tiene una función adaptativa, como un estímulo transitorio que debe llevarnos a tomar acción congruente para superarla.

Desde la perspectiva psicológica, la culpa es un sentimiento secundario, que surge de la percepción de que “algo no está bien”. Baumeister habla de ésta como un afecto doloroso asociado con una conducta de daño hacia otros o hacia sí mismo.

¿En dónde habita tu culpa? ¿Está en un pasado que no puedes cambiar y que te avergüenza constantemente?, es decir que una conducta concreta te ha conducido a una descalificación global de tu persona.

¿Será que tu culpa habita en lo que haces en el día a día, que consideras erróneo o inadecuado pero que no puedes dejar de hacerlo? Esto obedece a conductas compulsivas, como el comer en demasía, beber alcohol o fumar. En estos casos existe una adicción y la culpa no evita que la acción continúe.

¿Se localiza tu culpa en la forma en que tratas a otros? Seguramente esto te hace sentir muy mal porque tu impulsividad te ha llevado a maltratar a tus seres queridos, debido a que actúas visceralmente, sin reflexión alguna, y cuando llega el arrepentimiento, encuentras la justificación en lo mal que tú fuiste tratado en tu infancia, o en la provocación de las personas, aun sabiendo éstas lo que te hace enojar.

¿Estará la culpa en las omisiones? Lo que deberías haber hecho por ti o por otros desde hace mucho, te resulta claro, pero sigues sin hacerlo. Con eso de que no tienes tiempo…o no has encontrado una buena ocasión para decidirte y, cada que lo piensas, llega esa molesta culpa.

¿Acaso tu culpa está en la falta de cumplimiento de tus deberes? Te saturaste de compromisos o se te hizo fácil, en su momento “echarte encima” una obligación y ahora ya no puedes con ella, provocándote un sentimiento de culpa por lo que significa fallar en ese rubro.

¿Se ubica tu culpa en la sensación de no ser capaz de llenar las expectativas que las personas tienen de tu persona? Por más que te esfuerzas te consideras insuficiente, imperfecto y quisieras cambiar profundamente para convertirte en el ser perfecto que otros esperan que seas…bueno, al menos, eso es lo que crees.

Para trabajar con la culpa, el primer paso es detectar dónde se encuentra, así se trabajará con el origen y no sólo con los síntomas.

¿Te preocupas o te ocupas?

Beber afuera

No saber qué sucederá porque no tienes el control absoluto de las cosas, personas y sucesos, seguramente te llevará a la preocupación, que es una sensación inquietante porque crees que algo negativo puede llegar a ocurrir, ya sea que no encuentres rápidamente la solución a un problema actual o potencial,  o simplemente porque te sientes amenazado.

Cuando mi papá rebasó los cincuenta años, acostumbraba comer conmigo al salir de su trabajo, al menos, una vez al mes. Llegaba a casa alrededor de las tres de la tarde. Comía, fumaba, conversaba un poco y después veía insistentemente el reloj, volteaba hacia la ventana, se levantaba y finalmente decía “ya me voy”. Los pretextos eran diversos: “…es que se está nublando y no me vaya a agarrar la lluvia antes de llegar a casa”; “mi coche ya no es nuevo y puede fallar en el camino, prefiero que no sea de noche”; “no recuerdo si pasé a comprar lo de la cena y no me vayan a cerrar el súper”…entre muchos otros. ¿Piensas que tal vez se comportaba así debido a que no le gustaba estar en mi casa?…¡No, qué va! Eso mismo hacía en todos lados. Sencillamente, su preocupación era patológica.

Preocuparse es natural y hasta positivo, porque te pone en estado de alerta ante un peligro; sin embargo, dedicar la mayor parte de tu tiempo a la preocupación derivada de múltiples acontecimientos negativos que pudieran ocurrir, es patológico, y se considera uno de los principales síntomas de la ansiedad.

Peor aún si llegas a la meta-preocupación, esto es, preocuparte durante horas por el hecho de estar preocupado; en cuyo caso, la emoción pierde todo sentido y congruencia porque ya no existe motivo alguno, real o imaginario, para sentirse inquieto, sin capacidad de concentrarse, sin la posibilidad de gozar de alguna actividad o incluso, sin poder conciliar el sueño. Simplemente te preocupa estar preocupado.

La gente suele recomendar ocuparse y no preocuparse, aunque es difícil ir directamente a la acción, sin pasar antes por el pensamiento. La preocupación es buena porque permite esbozar soluciones, sólo que hay que dosificarla. Preocúpate un rato para generar una lluvia de ideas tendientes a resolver y, después, anota todas ellas para su análisis. Esto orientará el pensamiento hacia la búsqueda de resultados, pero no te quedes ahí; determina cuál de las soluciones puede implementarse enseguida y cuál es la más compleja, pero también la de mayor impacto en el largo plazo; decide por cuál te inclinas y…¡manos a la obra!

Kerkhof es un terapeuta de la corriente cognitivo-conductual que recomienda medir los tiempos de preocupación para tener conciencia de lo que sucede en el cerebro. El segundo punto del que habla, consiste en preocuparse como cualquier otro trabajo: sentado y con un block de notas frente a ti, o tal vez con la computadora como herramienta para tus anotaciones. Nunca acostado y en los tiempos que deberías dedicar al descanso. Intercala los espacios de preocupación con los de recuerdos positivos. Trae a tu mente aquellas ocasiones en las que el panorama lucía negro y, sin embargo, las cosas no eran tan graves y saliste bien librado, es más, hasta con beneficios; enriquece tu memoria con recuerdos de olores, sabores y colores agradables.

Una opción más,es distraerte con otras actividades, como regar tus plantas, jugar con tu perro, escuchar tu canción favorita, bailar frente al espejo, hablarle a un amigo por teléfono, salirte a tomar un café…en fin, tareas que disfrutes y te alejen del pensamiento obsesivo.

Si crees que hacerlo solo es difícil, acude a un coach o a un terapeuta.

¿Eres buena madre?

Madre e hijo

Probablemente respondas que no, o, si eres más benevolente contigo misma, dirás que sí, aunque con ciertas reservas. Las madres somos las juezas más severas al calificar nuestro desempeño en la ardua tarea de educar a nuestros hijos. Cuando ellos cometen errores o tienen reacciones que consideramos negativas, es frecuente pensar: “¿qué hice mal?” o “¿qué dejé de hacer?” y rápidamente repasamos la lista de acciones que deberían haber dado como resultado un “buen hijo", prudente y obediente.

¿Has incluido en ese listado muchas acciones que tienen que ver con el servicio? Entonces eres de las que cree que el servir a tus hijos lo es todo: “siempre tiene ropa limpia y doblada”, “lo llevé a la escuela durante toda su vida escolar; es más, hasta le cargaba la mochila para que no fuera a lastimarse la espalda”; “siempre hubo un plato sobre la mesa, y no se diga su lunch”. Aunado a esto, y dependiendo de las posibilidades económicas…”lo llevaba al karate y a la natación”, o, “lo inscribí en un curso de nivelación académica por su bajo rendimiento en el colegio”; ah! Y no puede faltar: “lo dejaba salir con sus amigos y yo lo iba a dejar y lo recogía, sin importar la hora”, “de niño lo llevaba a la feria para contemplarlo dar vueltas en un juego y otro, aunque yo me aburriera espantosamente”. Efectivamente, ésas y muchas cosas más son factores que suman a la expresión de amor, aunque no necesariamente a una buena crianza, además, el único que puede determinar si eres una buena madre o no, es tu hijo, y lamentablemente, dependiendo de su edad, será la respuesta. Existen épocas en las que eres su heroína, ¡nadie como mamá para arreglarlo todo!, otras, en la que eres un fastidio por andar detrás de él recordándole todo lo que tiene que hacer o castigándolo si no lo hace; tiempo después, y si tienes una buena relación con tu hijo, serás su gran ejemplo en la vida; otras más en las que, por tu edad, producirás sentimientos encontrados (la amo, pero no puedo cuidar de ella), hasta que, cerca del final, seas la mejor madre que ha existido.

Hay una pregunta que le escuché a Louis L. Hay, para reflexionar sobre nuestra forma de expresar amor: “¿Cómo puedo amarte más’” , es decir, que hay que tener el valor de preguntar a esa persona, tan importante en nuestra vida, cómo quiere ser y sentirse amado, y aún así, habría que unificar criterios en lo que significa ser “buena madre”.

Tu responsabilidad como madre es, esencialmente, formar a tus hijos con valores y dotarlos de herramientas para que emprendan el vuelo en cuanto llegue el momento, pero, piensa que ese momento no debe prolongarse tanto, que se genere una relación de dependencia extrema, que a los cuarenta años todavía necesite vivir con mamá.

La calificación que te otorgues como madre no debe apegarse a estereotipos, sino a las necesidades que detectes en tus hijos y cómo logras cubrirlas, con miras a desarrollar en ellos la autonomía requerida para que satisfagan tales necesidades por ellos mismos, en el menor plazo posible; porque, a fin de cuentas, la vida no consiente, complace o regala; es cada uno quien construye su forma de vivir. Mamá, recuerda siempre: no eres la causa de todos los problemas de tus hijos, ni tampoco la solución; eres sólo un vehículo para entregar al mundo seres independientes y responsables de sí mismos.

¿Triste o deprimido?

Sombra

Todos nos hemos sentido tristes alguna o muchas veces a lo largo de la vida. Desde que somos pequeños conocemos la tristeza cuando no tenemos acceso al juguete que deseamos, cuando los Reyes Mayos no nos traen lo que pedimos, cuando mamá se va y nos deja en el kínder…en fin, que es un sentimiento normal en el ser humano y que le permite entender la alegría, a través de experimentar el contraste.

A veces la tristeza es más profunda. Pensemos en la pérdida de un ser querido, en una ruptura matrimonial, en la partida de un hijo que emprende el vuelo para hacer su propia vida, cuando se extravía un objeto con enorme valor estimativo, o en un trabajo del que nos han despedido y que nos apasionaba o representa el sostén económico de la familia; ese tipo de tristeza no se va tan rápidamente como la que nos inspira una buena película dramática, no, esta tristeza necesita viajar por un camino de duelo y tendrá muchas transformaciones antes de desaparecer.

El duelo significa incredulidad, enojo, tristeza, nostalgia y resignación. ¿Cuánto dura? No hay reglas que lo determinen; cada persona es diferente y, por lo tanto, sus procesos también lo son. Aun así, los especialistas en tanatología establecen que el periodo oscila entre los tres meses y los dos años, dependiendo del tipo de pérdida. También es importante mencionar que hombres y mujeres lo vivimos de manera distinta, lo que no quiere decir que para unos exista y para otros no, simplemente se reacciona de múltiples formas frente a la adversidad.

Es frecuente que a nuestra tristeza le llamemos depresión, lo que ha ocasionado que demos un sentido erróneo al término y que creamos que si nos sentimos deprimidos con “echarle ganas” o con dejar que el tiempo transcurra, bastará para regresar a la normalidad. Esto no es así. La depresión es una alteración en el estado de nuestra salud mental. Para la depresión no se requiere de un motivo, simplemente llega. Puede haber factores hereditarios, pero tampoco es una norma.

Generalmente se manifiesta a través de períodos prolongados de decaimiento; sin embargo, los estudios realizados al respecto reflejan que pueden presentarse múltiples síntomas que tocan los extremos; por ejemplo, un desgano absoluto que impide levantarse contra una “sobreactividad” para no pensar en sí mismo, con un pronunciado rechazo a acercarse a cualquier alternativa que implique introspección, como la terapia, la meditación o el yoga.

Otro síntoma es la ausencia de apetito, a tal extremo que pudiera caerse en trastornos de la conducta alimentaria, como la anorexia; o una ingesta compulsiva a lo largo de todo el día. Uno más podría ser el llanto continuo, sin explicación alguna, o una agresividad exacerbada, acompañada de pensamientos fatalistas. También suele llegar sentimiento de culpabilidad o de desesperanza que hace sentirse inútil, vacío y con ganas de acabar con la propia vida. En ocasiones, se presenta un sueño incontrolable, mientras que otras personas viven episodios prolongados de insomnio.

Si percibes en ti cualquiera de estos síntomas por más de dos semanas, o bien, parecen disminuir para después llegar, incluso con mayor fuerza, lo que te hace sentirte desanimado, desconcentrado, cansado o ansioso, es necesario que acudas a un médico para que te apoye, así como lo harías si te duele el estómago fuertemente, si te fracturas un hueso o cuando enfermas de un riñón. La salud mental es tan importante como la salud física y emocional. El tratamiento a través de fármacos especializados y/o psicoterapia, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. No lo dejes para después, tú eres lo más valioso de tu vida.

Si no estás seguro de lo que ocurre, acude con un especialista.